Trastorno de estrés postraumático: criterios DSM-5-TR y CIE-11, evaluación y tratamiento

Revisado por Dr. Óscar Rivas, Psicólogo clínico, PsyT

Última revisión: 2026-10-07 · Próxima revisión: 2027-10-07

Respuesta breve

El trastorno de estrés postraumático (TEPT) puede aparecer tras un evento extremadamente amenazante u horrible. El DSM-5-TR exige intrusión, evitación, alteraciones cognitivas y del ánimo, y activación durante más de un mes; la CIE-11 (6B40) pide reexperimentación en el presente, evitación y sensación de amenaza actual. Las psicoterapias centradas en el trauma son la primera elección.

Definición y ejemplos (evento único)

El trastorno de estrés postraumático (TEPT) es un síndrome clínico caracterizado por malestar emocional persistente, síntomas intrusivos, conductas de evitación e hiperactivación fisiológica, que aparece después de vivir o presenciar un evento traumático. El DSM-5-TR exige que el evento implique muerte, lesión grave o violencia sexual, ya sea real o en forma de amenaza (American Psychiatric Association, 2022); la CIE-11 pide un evento o una situación de naturaleza extremadamente amenazante u horrible (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2024).

Se asocia con frecuencia a incidentes únicos y bien identificables, como agresiones violentas, accidentes graves, desastres naturales o la muerte violenta o accidental de un ser querido. Por ejemplo, alguien que sobrevive a un choque automovilístico o que presencia un crimen violento puede tener después pesadillas recurrentes, ansiedad intensa y evitación persistente de lo que le recuerda el evento.

Ninguna de las dos clasificaciones exige que el evento sea único. El DSM-5-TR incluye la exposición repetida o extrema a detalles aversivos del trauma, como la de los primeros respondientes en su trabajo (American Psychiatric Association, 2022), y la CIE-11 admite eventos o situaciones breves o prolongados (OMS, 2024).

Impacto neurobiológico, psicológico y relacional

Los modelos de neurocircuitos del TEPT se centran en regiones que participan en la detección de amenazas, la regulación emocional y la memoria contextual: la amígdala, la corteza prefrontal medial y el hipocampo (Shin y Liberzon, 2010).

En estudios de neuroimagen con grupos de pacientes se ha observado, en promedio, mayor activación de la amígdala ante estímulos relacionados con el trastorno y menor respuesta de la corteza prefrontal ventromedial y del cíngulo anterior rostral. Según estos modelos, una amígdala hiperreactiva que la corteza prefrontal no logra inhibir podría contribuir a las respuestas de miedo exageradas y a la persistencia de los recuerdos traumáticos (Shin y Liberzon, 2010). Van der Kolk (2014) usa este modelo para explicar en la clínica la hipervigilancia, el sobresalto exagerado, los recuerdos intrusivos, los flashbacks y la dificultad para regular las emociones.

Los datos sobre el hipocampo son menos consistentes. La revisión de Shin y Liberzon (2010) reúne estudios con menor volumen o menor activación del hipocampo y otros con mayor activación, según la tarea y el tipo de análisis. Tampoco está resuelta la dirección causal: en gemelos idénticos con exposición discordante al trauma, el gemelo no expuesto también tenía el hipocampo más pequeño, y en ese estudio el menor volumen se comportó como un factor de vulnerabilidad previo al trauma (Gilbertson et al., 2002).

En lo psicológico, las personas con TEPT presentan con frecuencia ansiedad intensa, culpa o vergüenza marcadas, sensación de indefensión y síntomas depresivos. Los recuerdos intrusivos irrumpen en la vida diaria y desencadenan estados de desborde emocional e hiperactivación fisiológica. Con el tiempo, la persona puede evitar cada vez más las situaciones o estímulos que le recuerdan el trauma; esa evitación lleva al aislamiento social y deteriora su calidad de vida y sus relaciones (Herman, 1992b; Courtois y Ford, 2013). La CIE-11 describe en el TEPT una experiencia emocional en la que son comunes el enojo, la vergüenza, la tristeza, la humillación y la culpa, incluida la culpa del sobreviviente (OMS, 2024).

En lo relacional, el TEPT suele afectar la intimidad, la confianza y el funcionamiento social. El paciente puede retirarse emocionalmente de su familia y sus amistades, tener dificultad para sostener relaciones cercanas o mostrar mayor sensibilidad interpersonal e irritabilidad (van der Kolk, 2014). A la pareja y a los familiares a menudo les cuesta entender estos cambios. En un metaanálisis, los síntomas de TEPT del sobreviviente se asociaron con una peor calidad de la relación percibida por la pareja (r = -0.24) y con más malestar psicológico en ella (r = 0.30); los autores interpretan estos resultados como un impacto sistémico del trastorno en la familia (Lambert et al., 2012).

Criterios diagnósticos e instrumentos de evaluación

El diagnóstico se apoya hoy en dos sistemas: el DSM-5-TR de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (American Psychiatric Association, 2022) y la CIE-11 de la OMS (2024). Describen el mismo cuadro con requisitos distintos.

Criterios del DSM-5-TR

El DSM-5-TR, publicado en marzo de 2022, no modificó los criterios de TEPT para adultos del DSM-5 (National Center for PTSD, 2026). El diagnóstico requiere todos los criterios siguientes (American Psychiatric Association, 2022):

  • A. Exposición a muerte, lesión grave o violencia sexual, reales o en forma de amenaza, de una o más maneras: vivir el evento, presenciarlo en persona, enterarse de que le ocurrió a un familiar o amigo cercano (si hubo muerte o amenaza de muerte, el evento debe haber sido violento o accidental) o exponerse de forma repetida o extrema a detalles aversivos del evento, por lo general en el trabajo. La exposición por medios electrónicos, televisión, películas o fotografías no cuenta, salvo que sea laboral.
  • B. Intrusión (al menos 1 síntoma): recuerdos involuntarios y angustiantes, pesadillas, escenas retrospectivas (flashbacks), malestar psicológico intenso o reactividad fisiológica ante recordatorios del trauma.
  • C. Evitación persistente (al menos 1): de pensamientos o sentimientos ligados al trauma, o de recordatorios externos.
  • D. Alteraciones negativas en cogniciones y estado de ánimo (al menos 2): incapacidad para recordar aspectos clave del evento, creencias negativas exageradas sobre uno mismo o el mundo, culpa distorsionada hacia sí o hacia otros, estado emocional negativo persistente, menor interés en actividades, sensación de desapego de los demás y dificultad para sentir emociones positivas.
  • E. Alteraciones de la activación y la reactividad (al menos 2): irritabilidad o agresividad, conducta imprudente o autodestructiva, hipervigilancia, sobresalto exagerado, problemas de concentración y alteraciones del sueño.
  • F. Duración de los síntomas mayor de un mes.
  • G. Malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes del funcionamiento.
  • H. Los síntomas no se atribuyen a efectos de sustancias, medicamentos u otra afección médica.

El manual permite especificar si el cuadro cursa con síntomas disociativos (despersonalización o desrealización intensas en reacción a estímulos del trauma) y si tiene expresión retardada, cuando los criterios completos se cumplen al menos seis meses después del evento aunque algunos síntomas hayan empezado antes. Para niños de seis años o menos existe un subtipo preescolar con criterios propios (National Center for PTSD, 2026).

Requisitos de la CIE-11 (6B40)

La CIE-11 clasifica el trastorno de estrés postraumático (6B40) dentro de los trastornos específicamente asociados con el estrés y lo define con un núcleo más reducido de síntomas. Sus requisitos esenciales son (OMS, 2024):

  • Exposición a un evento o una situación, breve o prolongada, de naturaleza extremadamente amenazante u horrible: desastres, combate, accidentes graves, tortura, violencia sexual, terrorismo, agresión o una enfermedad aguda que pone en riesgo la vida (por ejemplo, un infarto); presenciar lesiones o muertes súbitas, inesperadas o violentas; o enterarse de la muerte súbita, inesperada o violenta de un ser querido.
  • Reexperimentación en el presente: el evento se vive otra vez aquí y ahora, en forma de recuerdos o imágenes intrusivas vívidas, escenas retrospectivas o pesadillas, por lo general con emociones intensas y sensaciones físicas fuertes. Recordar el evento o rumiarlo no basta para cumplir este requisito.
  • Evitación deliberada de los recordatorios: interna (pensamientos y recuerdos del evento) o externa (personas, conversaciones, actividades o situaciones).
  • Percepción persistente de una amenaza actual elevada, por ejemplo hipervigilancia o sobresalto aumentado ante ruidos inesperados.
  • Duración de al menos varias semanas y deterioro significativo en el funcionamiento personal, familiar, social, educativo o laboral. Si el funcionamiento se mantiene, es solo a costa de un esfuerzo adicional importante.

La disforia, los síntomas disociativos, las quejas somáticas, la ideación y la conducta suicidas, el consumo de alcohol o drogas para manejar las emociones y los ataques de pánico figuran en la CIE-11 como rasgos clínicos adicionales y no como requisitos. Esa es la diferencia principal con el DSM-5-TR, que hace obligatorias las alteraciones cognitivas y del ánimo (criterio D). Cuando síntomas parecidos empiezan a ceder pronto (por ejemplo, durante la primera semana después de que termina el evento), corresponde una reacción aguda al estrés (QE84), que la CIE-11 no considera un trastorno mental (OMS, 2024).

Instrumentos de evaluación

La evaluación combina entrevistas clínicas estructuradas y medidas de síntomas validadas. Dos instrumentos de referencia, distribuidos por el Centro Nacional de TEPT del Departamento de Asuntos de Veteranos de Estados Unidos, siguen los criterios del DSM-5, que el DSM-5-TR mantiene:

  • Escala de TEPT Administrada por el Clínico para el DSM-5 (Clinician-Administered PTSD Scale for DSM-5, CAPS-5): entrevista estructurada de 30 reactivos y 45 a 60 minutos, considerada el estándar de oro de la evaluación del TEPT. Establece el diagnóstico actual y a lo largo de la vida, mide la gravedad de los 20 síntomas y evalúa el subtipo disociativo (Weathers, Blake, et al., 2013).
  • Lista de Verificación del TEPT para el DSM-5 (PTSD Checklist for DSM-5, PCL-5): autoinforme de 20 reactivos que se contesta en 5 a 10 minutos. Sirve para el tamizaje, para un diagnóstico provisional y para seguir la evolución de los síntomas durante el tratamiento y después de él (Weathers, Litz, et al., 2013).

Estos instrumentos ayudan a diagnosticar, a vigilar la evolución de los síntomas y a ajustar las intervenciones. El PCL-5 no reemplaza la entrevista: su interpretación corresponde al clínico y, por sí solo, da un diagnóstico provisional (Weathers, Litz, et al., 2013). Para los requisitos de la CIE-11 existe un autoinforme propio, el Cuestionario Internacional de Trauma (International Trauma Questionnaire, ITQ), de 12 reactivos, que evalúa el TEPT y el TEPT complejo (Cloitre et al., 2018).

Críticas al diagnóstico de TEPT y propuestas de especialistas en trauma

Pese a su amplia aceptación, el diagnóstico de TEPT ha recibido críticas de especialistas en trauma, sobre todo porque se formuló a partir de eventos traumáticos circunscritos y capta mal los efectos del trauma crónico y temprano (Herman, 1992a; van der Kolk, 2014). Larsen (2026) resume que, tras la inclusión del TEPT en el DSM-III en 1980, algunos clínicos e investigadores, con Herman (1992a) entre los primeros, argumentaron que el diagnóstico no recogía bien las secuelas del trauma interpersonal prolongado.

Para estos autores, los criterios dan demasiado peso a grupos específicos de síntomas y atienden poco los efectos del trauma crónico sobre el apego, la formación de la identidad, la confianza en los demás y la regulación emocional, que son componentes centrales de las presentaciones complejas.

Judith Herman y Bessel van der Kolk han propuesto ampliar los marcos diagnósticos para reflejar mejor la complejidad del trauma interpersonal crónico. Herman (1992a) formuló el TEPT complejo para sobrevivientes de trauma prolongado y repetido; van der Kolk y su grupo propusieron el trastorno del trauma del desarrollo (TTD) para niños con victimización interpersonal y alteraciones del apego (van der Kolk, 2014; Spinazzola et al., 2021). Janina Fisher (2017), por su parte, aborda desde la clínica la fragmentación interna y el trabajo con partes en sobrevivientes de trauma crónico.

Situación actual de estas propuestas

La CIE-11 reconoce el TEPT complejo (6B41) como diagnóstico propio. El DSM-5-TR no lo incluye: el DSM-5 amplió los síntomas del TEPT (por ejemplo, la autoculpa distorsionada, el estado de ánimo negativo persistente y la conducta imprudente o autodestructiva) y añadió el subtipo disociativo para abarcar parte de esas presentaciones (Larsen, 2026). El TTD se propuso para el DSM-5 y fue rechazado por falta de evidencia empírica en ese momento (Spinazzola et al., 2021); tampoco figura en la CIE-11 (OMS, 2024).

Trastorno de estrés postraumático complejo (CIE-11, 6B41)
Exige todos los requisitos del TEPT y, sumados a ellos, problemas graves y persistentes de regulación afectiva, creencias persistentes de ser una persona disminuida, derrotada o sin valor (con vergüenza, culpa o sensación de fracaso) y dificultades persistentes para sostener relaciones y sentirse cerca de los demás. El antecedente más común son eventos prolongados o repetidos de los que es difícil o imposible escapar, como la violencia doméstica prolongada o el abuso sexual o físico repetido en la infancia (OMS, 2024).

Van der Kolk (2014), Fisher (2017) y Courtois y Ford (2013) insisten en enfoques informados por el trauma que integren la reparación relacional, el trabajo con el apego y las intervenciones corporales, componentes que, a su juicio, los modelos de tratamiento centrados en el TEPT estándar suelen pasar por alto.

Tratamiento clínico e intervenciones recomendadas

Tratar el TEPT exige atender los síntomas inmediatos y, cuando existen, las alteraciones más amplias que el trauma dejó en el funcionamiento de la persona.

El TEPT asociado a un evento único suele responder bien a las psicoterapias centradas en el trauma, como la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR) y la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma (TCC-CT), que trabajan de manera directa sobre los recuerdos traumáticos y reducen su intensidad emocional (National Institute for Health and Care Excellence [NICE], 2018; International Society for Traumatic Stress Studies [ISTSS], 2019). Shapiro (2018) explica los efectos de la EMDR con el modelo de procesamiento adaptativo de la información, que ella misma presenta como hipótesis de trabajo: el reprocesamiento integraría los fragmentos sensoriales del recuerdo en redes de memoria adaptativas. La ISTSS (2019) describe ese mecanismo en los mismos términos, como hipótesis.

Ambos tratamientos incluyen una preparación inicial. NICE (2018) pide que la TCC-CT incluya psicoeducación, estrategias para manejar la activación y los flashbacks y un plan de seguridad, y que la EMDR se aplique por fases y enseñe técnicas de autocalma. La estabilización por sí sola, en cambio, no tiene respaldo como tratamiento del TEPT: la ISTSS (2019) no encontró evidencia suficiente para recomendar el tratamiento grupal de estabilización.

El cuadro se complica cuando el TEPT coexiste con depresión grave, trastornos disociativos, consumo de sustancias o rupturas relacionales, y entonces hacen falta estrategias más amplias e integradoras. Courtois y Ford (2013), con un modelo secuenciado en tres fases, y Fisher (2017) proponen un abordaje por fases e informado por el trauma que incluye:

  • Estabilización inicial.
  • Desarrollo de habilidades de regulación emocional.
  • Procesamiento gradual de los recuerdos traumáticos.
  • Reparación relacional.
  • Integración continua de la experiencia traumática en la historia de vida de la persona.

Para las presentaciones complejas se proponen modalidades que integran lo relacional y lo somático: la terapia de sistemas de la familia interna (IFS), la psicoterapia sensoriomotriz, la Experiencia Somática (Somatic Experiencing) y los protocolos de EMDR centrados en el apego. Van der Kolk (2014) suma como intervenciones complementarias la neurorretroalimentación (neurofeedback), las terapias expresivas a través del arte, el yoga sensible al trauma y las intervenciones basadas en atención plena (mindfulness), con el objetivo de apoyar la estabilización emocional y la conexión con el cuerpo.

La evidencia de estas modalidades todavía es limitada. En la revisión de la ISTSS (2019), la neurorretroalimentación, la Experiencia Somática y el yoga tienen evidencia emergente en adultos con TEPT, y la reducción del estrés basada en mindfulness no alcanzó evidencia suficiente para recomendarse. La IFS, la psicoterapia sensoriomotriz, la EMDR centrada en el apego y las terapias expresivas en adultos no figuran entre las intervenciones que evaluó. Con estos datos no puede afirmarse que mejoren de manera significativa la eficacia del tratamiento ni la resiliencia a largo plazo.

¿Qué dicen las guías?

Las tres guías revisadas aquí coinciden en que las psicoterapias centradas en el trauma son el tratamiento de primera elección para adultos con TEPT. Difieren en el lugar que dan a la EMDR.

Recomendaciones para adultos

  • NICE (2018): ofrecer TCC-CT individual (terapia de procesamiento cognitivo, terapia cognitiva para el TEPT, terapia de exposición narrativa o exposición prolongada) a quien consulta más de un mes después del evento, y ofrecer EMDR a quien consulta más de tres meses después de un trauma no relacionado con combate; entre uno y tres meses, la EMDR puede considerarse si la persona la prefiere. En el trauma de combate, la evidencia revisada no mostró eficacia de la EMDR.
  • ISTSS (2019): recomendación fuerte para la terapia de procesamiento cognitivo, la terapia cognitiva, la EMDR, la TCC-CT individual y la exposición prolongada.
  • Asociación Estadounidense de Psicología (American Psychological Association, 2017): recomendación fuerte para la TCC, la terapia de procesamiento cognitivo, la terapia cognitiva y la exposición prolongada; recomendación condicional para la EMDR, la psicoterapia ecléctica breve y la terapia de exposición narrativa. El panel anotó que revisiones con estudios más recientes podrían elevar la EMDR a recomendación fuerte.
  • Asociación Estadounidense de Psicología, actualización de 2025: según Lee et al. (2026), la nueva versión ubica como primera línea la terapia de procesamiento cognitivo, la exposición prolongada y la TCC-CT, y deja la EMDR en segunda línea. Lee y colaboradores la describen como un caso aislado frente a otras cinco guías nacionales e internacionales de la última década; le critican el uso de revisiones desactualizadas y la poca transparencia sobre las decisiones relativas a la EMDR.

Esta guía presenta la EMDR como tratamiento de primera elección para el TEPT en adultos, igual que NICE (2018), que la restringe al trauma no relacionado con combate, y la ISTSS (2019). Quien la indique debe saber que la Asociación Estadounidense de Psicología la ubica en segunda línea desde su actualización de 2025 (Lee et al., 2026).

Referencias

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